Cuando Josep Pla llegó a Brasil en los años 50, lo hizo con la mirada aguda de un periodista y la pluma de un observador implacable. No buscaba exotismos, sino entender la esencia de un país que le resultaba tan fascinante como desconcertante. Río de Janeiro, con su geografía desafiante y su vitalidad caótica, le pareció el resumen perfecto de esa contradicción.
La ciudad sigue siendo hoy lo que Pla describió con tanto asombro: montañas que emergen del océano, calles que parecen trazadas al azar, barrios como Lapa y Santa Teresa donde lo viejo y lo nuevo conviven en un equilibrio imposible. Desde la Mureta da Urca, con una cerveza fría en la mano y la bahía de Guanabara extendiéndose hasta el horizonte, es fácil comprender su desconcierto. Río no es una ciudad que se entienda a la primera, ni a la segunda. Es un enigma que solo se resuelve cuando se aprende a disfrutarlo sin intentar explicarlo.








